E-book readers para todos Parte II

En el artículo anterior habíamos hablado de cómo debería hacer una Universidad para promover la venta de libros, cuadernillos y apuntes en formato digital y abaratar los costos de estos productos para el alumnado.

Sin embargo, lo que nos había faltado discutir era cómo habrían de obtener, los estudiantes, los libros electrónicos. Y es que, estudiar frente a la pantalla del monitor, puede ser muy molesto en ocasiones.

A continuación, la segunda parte del artículo que habíamos dejado empezado.

Bueno, teniendo en cuenta que el gobierno será el que produzca los lectores electrónicos (o que lo tercerice a otra empresa), los producirá de manera masiva para todas las universidades públicas y, si metemos dentro de la ecuación a las primarias y secundarias, los precios deberían abaratarse muchísimo más. Eso sin contar que se podrían subsidiar para favorecer un acceso más universal a estos productos.

Un precio ideal, sería que costasen alrededor de ciento veinte o ciento cincuenta pesos. Es un precio extremadamente ideal. Supongamos que salen trescientos pesos. Ese sería el precio por el que podría acceder a ellos el alumnado y, obviamente, financiarse en cómodas cuotas, sino se pueden pagar de contado.

Pero, ¿Qué pasa con aquellos que no tienen suficiente poder adquisitivo para comprarlos? Probablemente lo verán a distancia. Retirarán el libro de la biblioteca y estudiarán en su casa de la manera antigua.

O quizás se podría proponer una alternativa para ellos. La facultad podría proveer lectores de libros electrónicos para utilizar solamente durante la estancia en la misma. Los piden al entrar, no sin antes dar todos sus datos, y los devuelven al salir.

Aún así deberían pagar los libros y apuntes. Desde el lector de libros podrían ingresar a la cuenta de la universidad y acceder a la información por la que ya pagó. Y si la institución todavía se siente muy tacaña, podrían cobrar un peso cada día por la utilización de los libros electrónicos.

Seamos honestos, comprar una sola cosa en el buffet sale mucho más caro que un peso, teniendo un precio base de tres pesos para comer algo, medianamente decente. Creo que se puede pagar un peso todos los días para tener acceso al material didáctico. En el peor de los casos sería un total de veintiséis pesos por mes.

Pero queda un pequeño detalle, el alumno quizás no tiene computadora en su casa para descargar los e-books a ella y estudiarlos desde allí. O quizás si tiene, pero no tiene Internet desde la cual bajarlos. O quizás a pocos días de los exámenes finales, aquellos en los que había pedido licencia por estudio en su trabajo, su equipo murió y no tiene con qué prepararse.

Todos estos escenarios son posibles, por eso sería ideal que la facultad también dé la posibilidad de alquilar los lectores de libros electrónicos por un tiempo, para así poder utilizarlos desde la comodidad del hogar. Pueden ser treinta pesos por mes de alquiler, quince por la quincena y siete por la semana.

De esa manera, se salvaría de apuros a aquellas personas que no dispongan de los medios necesarios para costearse uno de estos aparatos y se le sacaría las papas del fuego a aquellos que vieron finalizada la vida de su dispositivo en el crítico período previo a los exámenes.

Es cierto, hay incluso alumnos que no pueden costearse el cuadernillo de tan necesitados económicamente que están. Por lo tanto, no van a poder costearse una cuota de treinta pesos al mes o incluso de comprar los cuadernillos en formato digital. Quizás, en ese entonces sería un buen momento para darse una vuelta por las tradicionales bibliotecas, para pedir libros prestados y hacer ejercicios desde allí. No se puede solucionar todo de un toque.

Obviamente, aquellos alumnos becados podrían acceder de manera gratuita a todos los materiales didácticos de aquellas materias que estén cursando y poder utilizar el lector de libros electrónicos sin cargos por alquiler o, en el mejor de los casos, que la beca le permita obtener su propio lector de libros electrónicos gratis… o simplemente, mucho más barato.

A través de las maneras expuestas anteriormente, se podría universalizar el acceso a lectores de libros electrónicos, abaratar los costos de compra de materiales didácticos y, mejor aún, las fábricas en las que se produjeran estos dispositivos, asumiendo que son nacionales, proveerían de empleo a muchos argentinos.

Pero, como en todas las historias con un final feliz, siempre hay un malo que pierde con la felicidad de los buenos. La razón por la que los formatos digitales no se han expandido, lo suficiente, hasta ahora, es por la presión de las editoriales.

Viéndose el formato físico innecesario, las firmas que se encargan de fabricar los libros se dan cuenta de lo prescindibles que son y ven en el horizonte su extinción. Es inevitable y a manotazos de ahogado tratan desesperadamente de no sucumbir.

Pero cuando el que da los manotazos de ahogado es un coloso, o mejor dicho, varios colosos, las olas producidas se convierten en tsunamis y su influencia no es menor.

Si bien los que pierden en esta historia no son exactamente poderosas editoriales, tratando de defender su jurásico modelo de negocios, tampoco son pez pequeño dentro del entorno en que se maneja esta situación.

En la siguiente y última parte de este artículo, discutiremos quiénes son los que pierden, como negociar con ellos y en que beneficiaría aplicar este plan, no solo de manera local, sino también nacional.

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